La Asociación Filosófica del Uruguay organiza al finalizar el año, el evento "Noche de la Filosofía", que tiene lugar durante diciembre. En la última edición tuve el honor de ser invitado, junto con Janett Tourn, a iniciar la programación. Año tras año en ese comienzo se dirige una "carta a la Filosofía". Dos requisitos formales son exigidos : el texto debe iniciarse con el tratamiento "Querida Filosofía : ...)" y presentar un estilo acorde a la estética literaria. La poética del pensamiento anonada la realidad del mundo, pero también pone en cuestión cierta positividad mundana del saber. Quizás intenté esbozar, ante la oportunidad que se me ofreció, un homenaje al vínculo entre los poetas y los pensadores que reivindicara entre nosotros Mario Silva García, o incluso, a la estampa impar de una generación que surge de la poesía de Ibero Gutiérrez.

1a. quincena, enero 2026
"Querida Filosofía :
llevado por un impulso enamorado he cuidado ante todo que esta carta llegue a destino. ¿Adónde dirigirla para que al abrirla puedas descubrir, entre sus líneas, la intensidad de mi sentimiento? Dirección y destino fusionan en una única inclinación, que me domina y me obliga a dirigirme a tu lúcida sensibilidad, que estas palabras esperan, una vez leídas, convencer enamoradas. Enunciación mediante, asomo entonces ante tu instancia más propia, que me propongo estremecer con lo que nunca pude decir, ni siquiera para mí mismo. Este momento que nos convoca se convierte en un desatino y nos lleva, alucinados y apacibles, por una misma senda que merece ser anunciada, sin que nadie haya podido seguirla antes que nosotros. Nada de lo que significa esta remota distancia con lo consabido podría incluirse en un propósito pertinente.
Así, lo que nos reúne también nos separa de cualquier asignación razonable y nos lleva a renunciar a toda simetría previsible. Entender el vínculo contigo como enunciación irredenta, querida Filosofía, lleva a hacer camino sin derrotero posible, a guiar la marcha por el paso antes que por el rumbo, a confiarle al camino hacerse cada vez distinto. Una vez emprendida esta marcha modifica, a cada paso dado, el paisaje y la senda. El llamado lejano del horizonte despierta un andar irrenunciable. Gracias a la mediación que se interpone sin dilación, se agrega cada paso a dar, para dejarnos guiar por la contingencia de la interrogación.
Nada de este transitar renuncia a convertirse en atajo, aunque todo nos lleve a configurar, entre mapa y territorio, una coincidencia puntual y una cohesión unitaria. Incluso la interrogación inficiona esa certidumbre del rumbo y la somete al escrutinio de la pregunta : ¿Quo Vadis, Filosofía? Aunque la Filosofía va de la mano con quererla, yendo querida Filosofía al paso de quien la ama, tal enamoramiento sella en una unión singular la estampa que cada quien le imprime. Impresa entre nosotros dos, la huella que se deja en común reconoce una única cicatriz. Este más allá que proviene de cada otro también requiere el franqueo del sello compartido, a espaldas de cierta alteridad que depara una disyunción inapelable.
En el límite entre una filosofía a la que apelar y un requiebro de amante filosofar, cabe preguntarse por el destino que dividimos al unísono y compás de una diferencia que nos acerca sin confundirnos. Atentos al caminar juntos también unimos, querida Filosofía, voces distintas para develar un destino ensayado entre dos. Esperándose desde sí y junto con ella, la Filosofía nos lleva a invocar un relato fascinado.
Este relato canta una istoria escrita sin letra hache, una istoria sin eje ni fin, una istoria que no proviene del mundo como si la dictara el destino, sino que se destina a un mundo impar entre otros tantos universos casuísticos. Por un desplegarse de ecos distintos marcha el tiempo que caminamos con la Filosofía, querida al son de un ritmo insoluble, interpretado sin medida de lo posible. No habrá Historia que valiéndose del silencio de la letra hache te relate, querida Filosofía, el origen de una secuencia ordenada y sintáctica, dotada de sentido en sí misma y acorde al rumbo de un destino providencial. Una vez puesto en cuestión el sentido propio del relato, el devenir histórico se atiene a una contingencia escénica. Renunciar a esa apremiada incertidumbre supone tanto invocar un sentido último y anclado en sí mismo, como abandonar la diferencia (con)vertida en Filosofía, filosóficamente querida porque ninguna historia le dicta un tránsito al porvenir.
Una vez puesta al margen de un único proceso histórico adviertes, querida Filosofía, que compartes lo que te divide de todo orden supérstite. Sólo te inclinas en orden a la indisciplina, esto es, en orden al tumulto que proviene de tí misma. Distingues tácitamente El Orden de La Orden y esa diferenciación provee el estímulo que te complace y la inferencia cartográfica que te guía. Desde entonces la continuidad del conocimiento queda atada a la insolencia de la actividad. Lo que proviene de uno mismo reconoce, paradójicamente, cierta preferencia electiva por la extrema alteridad. Soberanamente, la soberanía se desdice de su intangibilidad soberana y comienza a explicarse en idioma vernáculo. Desde siempre has amado, querida Filosofía, lo que se sostiene en otro que sí, porque filosóficamente hablas, de tí misma, dividida y unida por la alteridad.
Distinguiéndose de la misma vocación absoluta que la lleva a decirse otra que sí, como sí misma y como sí otra, la Filosofía se hace más querida cada vez que abandona un Orden cristalizado y divisa, como propia, una hendija de alteridad. El amor que te hace querida Filosofía no lanza los dados de la pregunta sino porque hacen girar las llaves de la decisión. Apasionadas por el amor a la duda, las armas de la crítica vulneran el blindaje de la creencia fidedigna. Introducen la catástrofe en el crisol de la fe y se juramentan sacramentalmente contra todo sacramento impartido por cualquier autoridad. Ningún secuestro del devenir bajo la forma de certidumbre mensurable resiste a la querida Filosofía, cuando se pregunta, capciosa, por la evidencia que hace propicia la verdad, disimulada bajo el velo de un inefable "como tal". El amor filosófico que nos profesamos se desmarca del recinto clausurado de la verdad, asediado sistemáticamente por la convicción probabilística.
Fundada en un más allá consignado numéricamente, la fe estadística consagra una entidad de Estado en la identificación entre medición y mediación, entregada a la devoción de "Ciencia y Tecnología". La condición cosmopolita de la mediación convoca la ecúmene ferviente de la medición, que dicta urbi et orbi un aumento de realidad, protagonizado paradójicamente por un abismo digital de singularidades. El amor filosófico por la querida Filosofía desvía incesantemente la regulación del cálculo, en cuanto no deja de alterar, cada vez que la repite, la entidad significada por cada cifra numérica. Redundante así de amor por la Filosofía, la extensión cosmopolita de la red de redes se distiende puntualmente en los nudos intensos del cada quién. Valida de una extensión planetaria la soberanía se infunde desde cada protagonista impar de la mediación, que asume de por sí como propias, las ínfulas otrora privativas de un único lugar vicario. La diseminación de la soberanía va de par con la extensión de la comunicación, mientras la condición extensa del vínculo mediático distiende el gobierno universal del orbe. Cierta fragilidad del texto gubernativo del planeta favorece la emergencia de potencias, así como incentiva la diferenciación de sensibilidades. El poder saber se tensa transversalmente y a través de la actividad multitudinaria, antes que desde un vértice soberano y místico de la autoridad.
Sabes, querida Filosofía, el saber también se desmarca de toda marca certera y marcha, una vez más sin brújula, hacia donde la vertiente de sabiduría lo inclina, quizás como quería Leibniz, sin necesitar. Inclinándose eventualmente la sabiduría desborda del saber, sin pauta certera de línea áurea, sobre el flanco abisal de la decisión. Resonando entre pautas cosmopolitas, ese sesgo de equilibrancia excede toda naturaleza representativa, librándose a un laudo surgido de la circunstancia, traviesa y transversal, de una conjugación vectorial. Tal juego no se asemeja a una coyuntura, que se confiaría rigurosamente a una puesta a la Orden del Orden de la realidad, sino que protagoniza una trascendencia personalizada del devenir, que lleva del equilibrio a la equilibrancia. La equilibrancia no se ordena a un Orden, sino que provee el lapso propio a la decisión, indecidiblemente intenso.
¿Habitarías una morada que confiarías, querida Filosofía, a un filosofar equilibrante? Tal hogar no ocuparía un lugar propio, como por ejemplo el de una localidad territorial, ni tampoco el esmerado lugar re-presentativo, que vuelve a presentarse ante lo mismo. Agregado a la propia representación, el lugar institucional corre la misma suerte en cuanto, norma mediante, propicia la común normalización incluso en el lugar común del idioma, que desde ya se transmuta en la excepción del neologismo remoto. Tal morada equilibrante pertenece al oleaje de lo efímero, al borde de la espuma, a la secuencia de la orilla. Por eso transita el océano de lo global y es capaz, en cada punto, de encender la cuestión. Esta cuestión no es vectorial sino oscilante y proviene del cotejo que deja a cada quien de cara a cualquier otro. De ahí que no le convenga ningún lugar, como tal, que pudiera atribuirse puntualmente a una superficie planisférica, ni que se sumara por vía de consecuencia territorial, a un congraciarse racional, político o semántico con una localía autóctona.
Cierta concomitancia universal infunde la disensión entre el lugar y el sitio que le sería propio, entra entre partes vinculadas sin territorios excluyentes entre sí. Un desdibujarse de la frontera no borra la marca que se interpone como límite material, sino que interviene en el límite que se opone a otro límite como diferencia. Ocupada entre diferentes límites, la mirada ocupa un confín que asoma tan inconcluso como el horizonte ilimitado. El fin de ese lugar territorial, presencial, institucional y semántico también pauta, querida Filosofía, el tránsito impar de la luz. Incandescente, filtrada, radiante, sombreada, la luz cunde oscuramente por todo el ámbito equilibrante. Ningún lado deja de dejarla pasar, ningún muro deja de embeberse de sombras, ni las hojas de hojearla de lado a lado. Pasando a uno y otro lado a la vez, quedas transparente en lo específico, Filosofía querida, sin disciplina ni Orden que logre reducirte al todo rector de un disciplinamiento. Fungiendo de parte en parte como lucidez, un trapecio acrobático balancea un vínculo indisciplinado, que se alumbra sobre una arena asombrada.
Desafiada por cierta distancia de pantalla, dividida entre un afuera convertido en mundo doméstico y el adentro dividual de una prótesis mediática, te diseminas Filosofía querida entre sensibilidades planetarias de una misma artefactualidad. El cisma que cunde entre sendas tan autóctonas como contrapuestas conlleva la ineludible traducción de versiones de lo mismo, tan fusionadas como controvertidas entre sí. Tradición que a cada versión posible se reta a sí misma, la traducción te devuelve, querida Filosofía, acepciones de mirada diferidas, con un vaivén que se mece entre afinidades electivas. Solapado bajo ronda de comunicación, se abandona en cada versión filosófica de tí misma, un resto de significado, irrecuperable y disimulado en una efigie de contenido. Condenado de antemano a diferir en la memoria, ese resto intraducible gasta, a cada versión que cristaliza por transferencia de sentido, cierta moneda de cambio del significado. Un lastre intraducible carga la mochila de la memoria de un aroma a suelo nativo. Devenir como cargar en la marcha el lodo de la esperanza, pegado a las suelas caminadas de distancia. Intervenir como venir desde otro a otro, al paso que lleva a decidir más allá de la decisión.
¿Habría una postdata que pudiera dejarte de una vez para siempre? Se me ocurre que tal infinitud quedaría atrapada en el intersticio que ya resguardas entre líneas de esta carta y en cada armisticio de intervalo que infundes, querida Filosofía, por la senda agraciada del momento feliz".